3/18/2006

Ania

Él estaba apoyado en su ventana, mirando sin ver la calle de enfrente. Era incapaz de concentrarse en el mundo exterior, de sentir el calor y el aroma a verano, de disfrutar: sólo podía pensar en su historia. Había comenzado a escribirla seis meses atrás, y en el preciso instante en el que iba a terminarla se dio cuenta de que le era imposible hacerlo. Desesperado, intentó una y mil veces convencerse a sí mismo de que aquello tenía que pasar, de que era la única alternativa que tenía... de que, simplemente, no era justo dejar inacabada una historia como ésa. No lo consiguió. Ania tenía que morir; lo sabía, pero no podía permitirlo. Así que había dejado que las horas, los días, transcurrieran monótonamente sin que una sóla palabra fresca se estampara sobre el papel; claro está que esa actitud no ayudó a resolver sus problemas. Había logrado crear a la mujer de sus sueños. La mujer perfecta. Y, sin motivo alguno, la había hecho sufrir; había destruido su vida, la había dejado hecha pedazos y ahora la culpa le impedía terminar lo que había empezado. Cada vez que acercaba la pluma al papel el pulso le temblaba, se le hacía un nudo en la garganta y su vista se hacía borrosa; podía sentir cómo el dolor se retorcía y serpenteaba por cada molécula de su cuerpo, cómo desgarraba sus entrañas y se burlaba de sus dudas.
Él amaba a Ania. La amaba desde el momento en que la había creado, y la frustración que le producía aquel amor imposible lo había llevado a torturarla de la manera más cruel; ahora, sólo ahora, se daba cuenta de su error. Entonces no había sido capaz de ver que cada llanto de Ania, cada temblor, cada grito de dolor, no era más que un reflejo de su propia miseria. Cuando ella lloraba, él intentaba -en vano- no hacer lo mismo; cuando ella imploraba morir, él prolongaba su vida mientras deseaba su propia muerte; y después de haber arrebatado a Ania sus últimas fuerzas, se había detenido. No paraba de pensar que podría haber sido distinto: podría haberle dado a Ania la vida que se merecía... pero de ese modo no hubiera existido aquella historia. Tenía que reconocer que esa novela era lo mejor que había escrito en su vida; sin embargo, el hecho de que hubiera sido así por el empeño que había puesto en maltratar a la protagonista resultaba perturbador. Llevaba días sin dormir, comiendo aire y bebiendo viento, y estaba comenzando a sentirse enfermo. Se preguntó qué pasaría si se muriera en ese mismo instante. Se preguntó quién se haría cargo de Ania entonces; se preguntó si todos se olvidarían de ella y la dejarían para siempre desangrándose, con las heridas abiertas e implorando por un fin cercano, llorando, ahogándose en su propia sangre. Tal vez no, tal vez algún alma caritativa decidiera continuar su obra y darle una segunda oportunidad... Se respondió que no. Se respondió que tenía que seguir vivo hasta que colocara el punto y final a la vida de Ania; nadie haría el trabajo sucio por él, nadie se interesaría tanto por ella. Porque nadie, absolutamente nadie, sentía un amor tan profundo y devastador por esa mujer. Nadie excepto él.
El sonido de unos golpes en la puerta lo sacó de su ensimismamiento. Lentamente se dirigió hacia ella y la abrió con desgana. Hasta que la vio.
Ahí estaba ella, frágil y hermosa, tal como la había imaginado. Ania, su Ania, le devolvía la mirada desde el otro lado de la puerta; él no atinó a hacer nada, sólo contemplar su belleza, mientras su corazón se desbocaba y su alma se hacía añicos.
Ella se acercó con una mezcla de ligereza y elegancia y depositó un beso dulce en los labios de su creador; él se quedó petrificado -más aún- y sintió como unas lágrimas amargas resbalaban por sus mejillas. Después de unos momentos fue por fin capaz de moverse, y lo único que pasó por su mente fue que quería besarla de nuevo. Lo hizo, como si fuera el primer y último beso que iba a dar en su vida; lo hizo, y ella se dejó amar. Por una vez.
Cuando sus pulmones suplicaban por una gota de aire, se separaron. Ania pasó su mano por el rostro de él, secando sus lágrimas. Él no dejaba de temblar; de dolor, de frío, de ansiedad, de miedo. De amor.

-Lo siento -dijo por fin, tomando la mano de Ania entre las suyas-. Dios... qué hice? -susurró, al tiempo que el llanto ahogaba sus palabras- Yo no quería, no quería, nunca...

-Ya lo sé -dijo ella, abrazándolo.

-Te amo, Ania -confesó él, consciente de lo ridícula que sonaba aquella frase saliendo de sus labios-. Te amo.

-Entonces...

Silencio. Demoledor, definitivo.

-No. No... eso no.

-Sí, sí...

-Pero...

-Por favor -rogó ella, comenzando a llorar- Por favor.

Eso fue demasiado para él, la gota que colmó el vaso, la puntada de dolor que necesitaba para decidirse. Asintió con la cabeza. Ania le dio un ligero beso, el más fugaz de todos, el más dulce y el más amargo; el más doloroso, o en otras palabras, el último.

Él se adentró en su hogar y se dirigió sin dilación hacia el escritorio donde un manuscrito descansaba imperturbable, inmóvil y terrible, esperándolo, llamándolo. Se sentó y tomó su pluma lentamente. Durante unos segundos permaneció estático, buscando las palabras adecuadas para un final digno, definitivo y ciertamente doloroso. El gran final, pensó. Y escribió.
Escribió como un poseso, sin parar, sin pestañear, sin importarle el tiempo ni las señales que sus órganos le enviaban desesperadamente, comunicándole sus necesidades más urgentes. Tenía sueño, hambre, y frío; el sol veraniego había desaparecido y la brisa nocturna le estaba jugando una mala pasada... a su cuerpo. A él no.

Entonces llegó el momento; su mano se detuvo, la pluma suspendida sobre el papel, a la espera de colocar el punto y final de aquel calvario. Cuando estaba realizando el fatídico movimiento de apoyar la pluma, alcanzó a oír un débil "gracias" proveniente de ninguna parte y proferido por la voz más triste que había oído jamás; y sintió como, irreversiblemente, su corazón se rompía en mil pedazos mientras asesinaba al único y verdadero amor de su vida.

3 Comments:

Blogger Nene Tonto said...

woow, q súper historia. Me gustó lo del débil gracias.
No había visto que te había agradado la banda sonora de Brokeback. A mí me gustó mucho, me quedo con The Maker Makes de Rufus Wainwright!
Abrazos
pab

2:38 PM  
Blogger The Crow said...

Realmente excelente, no todos los días se tiene el gusto de leer algo así, felicitaciones. Espero poder leer más obras tuyas como esta.

12:13 AM  
Anonymous ania said...

ame esta historia (:
aparte..yo me llamo ania*

1:02 AM  

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